FUEGO

Todos aquí para mirar arder y consumirse ese fuego.
¿Fuego sólo? ¿No es un corazón apasionado que se ilumina en los cielos?

Juan L. Ortíz






miércoles, 19 de octubre de 2011

Simbología

Muchas culturas conocen, en efecto, rituales ígnicos. Como el agua, el fuego es símbolo de transformación y regeneración: de allí el sentido del ritual del fuego nuevo. Para muchas culturas primitivas, entre ellas las mesoamericanas, el fuego es una emanación del sol, es su representante sobre la tierra. Por eso se le relaciona con el rayo y el relámpago, y también con el oro. En muchos rituales se atribuye a las antorchas, las lumbradas, las ascuas y aun a las cenizas, el poder de provocar el crecimiento de las siembras y el bienestar de humanos y de animales.

Las interpretaciones que se suelen dar a los festivales ígnicos son, por lo general, dos: para unos se trata de magia imitativa, cuyo objetivo es asegurar la provisión de luz y calor en el sol: que el sol no se apague; para otros, el fuego tiene una función purificatoria y apotropaica[1]. De hecho, estas dos interpretaciones son complementarias.

Los rituales del fuego nuevo, a veces, como en la quema antes de la siembra, perpetúan con otra, la imagen del grano que muere para renacer. Otras veces tienen un carácter apotropaico. La ceremonia del fuego nuevo en la cultura náhuatl tenía, en efecto, este carácter: era una ceremonia de conjura. Al cumplirse los 52 años del siglo mesoamericano, a la media noche del último día, se tenía que encender el fuego nuevo para conjurar el peligro que con el siglo viejo se acabara también el mundo. En todo caso, en la ceremonia del fuego nuevo lo importante es su función; proteger el nuevo siglo de los males que lo amenazaban.


Mitología celta

En la mitología celta, la diosa del fuego era conocida como Brigit, quien también era la diosa del arte, la poesía y la tierra. Ella también era la encargada de proteger los rebaños y a las mujeres jóvenes, encargándose sobre todo de proteger a los niños más pequeños.

El principal ritual en honor a Brigit es el Imbloc, celebrado todos los primeros de febrero de cada año. En este ritual, asociado a la primavera incluía básicamente una renovación de los fuegos del hogar y una cena donde participaba todo el pueblo celta donde las mujeres usaban sus vestidos nuevos. Luego de ésta, se pasaba por las cabezas y los cuerpos de todos los presentes el cinturón de Brigit, simbolizando así el viaje del fuego a todas partes del Universo. Además, se hacía una limpieza de todas las casas, y , al concluírla, el hombre más anciano de la tribu debía introducir su muñeca a través de la puerta. Luego de esto, la mujer más joven debía encender una fogata, para dar inicio así a los cánticos e invocaciones a la diosa.

El fuego en sí mismo era considerado sagrado por los celtas, y si éste se apagaba en un hogar, era símbolo de que desgracias ocurrirían. Durante la noche era cubierto para protegerlo contra el viento, y si se apagaba por accidente, se lo volvía a encender con madera blanca, símbolo de la pureza. A partir de navidad, se encendía una fogata en un leño, a la cual se la llamaba Gran Leño o Tizón de Navidad. Según estas antiguas tradiciones, sus cenizas tenían propiedades curativas. En el culto celta llamado druidismo, era tradición cremar a los muertos, encendiendo una hoguera en su honor.


Mitología maorí

Los indígenas de Nueva Zelanda, llamados maoríes, fueron los habitantes originarios de dicho país. Su mitología describe cómo el héroe de su cultura, Maui, bajó del cielo para enseñarles a los hombres el arte de hacer fuego, con dos pedazos de madera. Él consiguió fuego originalmente a expensas de molestar a la Gallina Celestial, totalmente hecha de fuego, quien en ese entonces estaba protegiendo a sus pollitos. Cuando ésta se levantó, robó a uno de ellos y se lo dio a los hombres.

Los rituales maoríes más llamativos han sido siempre los de adoración a los volcanes, a quienes consideraban sagrados por ser la morada de los dioses. Se ofrecían en los volcanes los animales recientemente sacrificados para apaciguar su ira y saciar su hambre, además se tienen indicios de que ciertas aldeas maoríes hacían pequeñas reproducciones de volcanes con el objetivo de encontrar una mejor forma de comunicación con las deidades de la fuerza, el fuego y el calor.

En las Islas de Fiyi, territorio ocupado por los Sawau, existen todavía hombres capaces de caminar sobre el fuego, que hacen esto con el fin de purificar su alma. Quince días antes de la ceremonia, estos individuos deben separarse de las mujeres y evitar comer coco, un gran sacrificio según sus costumbres. Luego de esto, se debe formar un gran círculo de tres metros de diámetro y de uno de profundidad que más adelante se llenaría con piedras y material combustible, como madera seca. Ocho horas antes de la ceremonia, se enciende el gran fuego que será utilizado con fines de purificación. Con cantos rituales, los hombres avanzan por las piedras ardiendo sin que les suceda nada, aparentemente sin sentir dolor. Luego de esto, se recubre el fuego con hojas de la flora del lugar, y cuatro horas más tarde, con sus cenizas, se prepara una bebida que está reservada solamente a los participantes del ritual.

Este ritual se basa en una leyenda, que cuenta que en la aldea de Navakeisese vivía un sabio que contaba historias llamado Dredre. Para agradecerle su labor, los miembros de la comunidad Sawau le traían regalos. Una vez, al preguntarle qué le gustaría que le trajeran, pidió que fuera lo primero que encontraran cuando fueran a cazar. Uno de los guerreros fue a cazar anguilas gigantes en un pantano. Encontró lo que pensaba que era una anguila, y al extraerlo, tomó la forma de una divinidad. El guerrero pensó que sería muy buen regalo para Dredre. El espíritu, para escapar de su cautiverio, le ofreció todo tipo de regalos. Pero el hombre no se dejaba tentar. Hasta que la divinidad reunió varias piedras, lanzó sobre ellas una llamarada, y cuando estaban incandescentes le dijo al guerrero: "acércate sin miedo. Tienes el don de caminar encima del fuego". El hombre al hacerle caso comprobó que era verdad, y desde ese día, se dice que todos los hombres de la tribu de los Sawau tienen ese poder.


Mitología hindú

En el marco del hinduismo, Agní (del vocablo sánscrito agní, fuego) es la deidad de este elemento. Junto con Indra y Surya conforman la trinidad védica, una trinidad luego reemplazada por la de Brahma, Vishnu y Shiva. Agnídev, como también se lo conocía, era hijo de la diosa Prithivi, la Tierra, y del dios Diaus Pitar (en sánscrito, dios padre). Una de las tareas de Agni era la de ser mensajero entre los dioses y los mortales. Protegía, según las tradiciones, a los hombres y a sus hogares por igual. En su cabeza tenía un millón de ojos. También era el dios de la tierra y la sabiduría, y entre sus tareas se contaba el ser mensajero entre los dioses y los hombres.

Se lo representaba con dos cabezas, sugiriendo los aspectos benéficos y destructivos del fuego, ojos y una cabellera negra y tres piernas y siete pares de brazos. De su cuerpo emanaban siete rayos de luz.

En los templos hindúes todavía se sigue utilizando el sagrado taladro Agní manthana para generar fuego por fricción, herramienta que simboliza el milagroso nacimiento diario de Agní.

Existían tres tipos de "fuego de Agní" entre los hindúes: Gārhapatia, Āhavanīia y Dakshina. Estos tres se relacionaban con la digestión, la salud y el corazón.


Mitología americana

Mitologías maya y azteca

En la mitología maya existieron distintos órdenes de dioses, que correspondían a su función en la comunidad de deidades. Luego de los creadores del Universo, en segundo orden, aparece la figura de Kukulkán, versión maya del dios azteca Quetzlcoatl, la serpiente emplumada. Representaba al dios del viento, Ehécatl, y fue asimilado tras su contacto con las culturas del Altiplano central de México. más tarde, se le dio categoría de dios creador, con el nombre de Gucumatz. Formaba una triada con Hurakan y Tepeu, dioses del fuego y el cielo respectivamente. De todas maneras, los tres se relacionaban mucho con los elementos antes citados y con la creación del mundo.

Por otra parte, la serpiente emplumada, representante del fuego se repetía constantemente en las creaciones de los mayas. Decoraban templos, palacios y canchas de juego de pelota con su imagen.

En la mitología azteca, tan similar a la maya como lo era la romana a la griega, la figura de la serpiente emplumada, representada en la segunda como Kukulkán y en la primera como Quetzacóatl tenía mucha relación con el fuego. Era una deidad protectora, benéfica, que había gobernado el mundo en la segunda era, que acabó cuando el mundo fue devastado por huracanes fortísimos y los hombres fueron convertidos en monos.


Mitología amazónica

En la mitología amazónica, es decir, la de Brasil, existe un mito referente al origen del fuego que cuenta las aventuras de un adolescente llamado Botoque, quien fue abandonado por su cuñado mayor mientras recogían huevos de guacamayo en la jungla.

Durante el tiempo que permaneció perdido, Botoque conoció del jaguar, con quien trabó amistad y salieron juntos a cazar. El jaguar y su mujer eran los únicos que poseían fuego en el mundo. Esta última era particularmente hostil con el muchacho, por lo que éste la mató, cogió algunas brasas y partió para su hogar. Los hombres de la tribu, al ver los magníficos regalos que Botoque traía, asaltaron la casa del jaguar y la despojaron de todo objeto de valor. Enfurecido por la acción del chico, ahora el jaguar come su comida cruda mientras los hombres la comen cocida.

El mito revela el origen de la civilización y el aspecto "animal" del fuego, quien en cierta medida es dador de la vida, pero también destructor. También se visualiza en él una transmutación, tema bastante común en la mitología de esta zona.


Mitología guaraní

En la mitología guaraní, es decir, la que corresponde a una de las tribus aborígenes más importantes de Sadamérica, existe un mito sobre el origen del fuego, que habla además del origen del color ceniciento del plumaje del yeruti y de los motivos por los cuales los sapos de cualquier especie inflan su cuerpo ante la amenaza de peligro.

Según este mito, en un principio los hombres carecían del fuego, por lo que comían la carne cruda y pasaban frío, pero un día un colibrí les avisó que los urubú sí lo poseían, por lo que el yeruti fue enviado para encontrarlo. Pese a que trató de agarrar algunas brasas, se quemó totalmente y tuvo que tirarse a un río, y por esa razón su plumaje, antes tan colorido, es gris en nuestros días. Un tiempo más tarde, fue enviado el sapo, quien se hizo el muerto para despistar a los urubú. Ellos cayeron en su trampa, por lo que cuando encendieron una hoguera, él guardó en su vientre algunas llamas y aire para conservarlas bien. Cuando llegó a la tribu, les otorgó ese regalo. Cuando los niños molestan al sapo, éste se hincha para recordarles que fue él quien trajo el fuego y que merece respeto.



[1] Apotropaico es un adjetivo que proviene del griego apotrepein (‘alejarse’), indica en general un gesto, una expresión o un objeto que se utiliza para alejar un influjo mágico maligno.

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