FUEGO

Todos aquí para mirar arder y consumirse ese fuego.
¿Fuego sólo? ¿No es un corazón apasionado que se ilumina en los cielos?

Juan L. Ortíz






miércoles, 31 de agosto de 2011

Culto. Mitos. Costumbres


Desde épocas lejanas y aun cuando surgen las altas culturas, el fuego es mirado como una revelación de la divinidad, como una fuerza de purificación o como un símbolo de integración humana.

Se rinde culto al fuego sagrado, hasta el punto que los sacerdotes persas debían evitar que su aliento contaminase la llama.

En la India, el brahmán cuida del hogar y alimenta la llama con la leña de árboles escogidos especialmente para este servicio. El fuego (Agni) es una divinidad. Se le rinde culto y se invoca su protección y su ayuda: «¡Oh, Agni, tú eres la vida, tú eres el protector del hombre! Que goce largo tiempo de la luz y que llegue a la vejez como el sol al ocaso».

En Grecia, Prometeo es encadenado a una roca por el delito de haber hurtado el fuego de Zeus para sí y para los hombres.

«Oh divino éter y alígeras auras y fuentes de los ríos, y perpetua risa de las marinas ondas, –clama Prometeo en la Tragedia de Esquilo– y tierra, madre común, y tú, ojo del Sol omnividente: ¡yo os invoco!... Tomé en hueca caña la furtiva chispa, madre del fuego; lució, maestra de toda industria, comodidad grande para los hombres; y de esta suerte pago la pena de mis delitos, puesto al raso y en prisiones».

En Grecia y en Roma, el fuego se identifica con el hogar. «En las casas de los griegos y romanos –dice Fustel de Coulange– había un altar en el cual tenían siempre un poco de ceniza y unos carbones encendidos. Era obligación sagrada para el jefe de la casa conservar el fuego día y noche... El fuego no cesaba de brillar en el altar sino cuando la familia había perecido totalmente: hogar extinto y familia extinguida eran expresiones sinónimas entre los antiguos».

Sin embargo, el fuego del hogar no es el que se utiliza en la tarea común, es puro y casto. Es, dice Coulange, «una especie de ser moral». Y agrega: «Se le diría hombre, pues posee del hombre la doble naturaleza: Físicamente resplandece, se mueve, vive procura la abundancia, prepara la comida, sustenta el cuerpo; moralmente, tiene sentimientos y afectos, concede al hombre la pureza, prescribe lo bello y lo bueno y nutre el alma».

La difusión del Cristianismo, a la caída del Imperio Romano, promovió una revolución cultural que es, sin duda, la más profunda de las revoluciones. El fuego perdió gran parte de su poder misterioso, de su identidad con el hogar y de su capacidad de seducción reverencial, pero se recurrió a él en numerosas oportunidades y por diversos motivos.

Sir James Georges Frazer nos habla de «la costumbre de encender fogatas el primer domingo de Cuaresma en Bélgica, el norte de Francia y muchas partes de Alemania». «La costumbre, en Francia, de llevar hachones de paja encendidos, el primer domingo de Cuaresma, por entre los huertos y sembrados para fertilizarlos» o la reavivación del fuego en víspera de Pascua Florida, las hogueras de Pascua en Alemania, los fuegos de Beltane en Escocia, las hogueras la víspera de San Juan, los fuegos de medio verano en la Alta Baviera, Dinamarca y Noruega, Austria, Prusia y Lituania, Bretaña. «Cuando las llamas están ya moribundas toda la reunión se arrodilla alrededor de la hoguera y un anciano reza en alta voz. Después, todos se ponen de pie y dan tres vueltas en círculo al fuego».

La fiesta de Halloween, el 31 de octubre, es una de las fiestas célticas, la otra es la noche de Walpurgis, un día de mayo, tienen al fuego como un símbolo y como una fuerza protectora. En muchos países de Europa se recurre al «fuego de auxilio» o «fuego vivo», cuando se sufren angustia y calamidades. En todos los casos o en la mayor parte de ellos ha habido un ritual en relación con el fuego.

«En la credibilidad popular –dice Frazer– la influencia aceleradora y fertilizante de las hogueras no está limitada al mundo vegetal; se extiende también a los animales. Además, hay señales evidentes que aún la fecundidad humana se le supone promovida por el calor cordial de los fuegos».

En todo caso, si bien el fuego se desborda en incendios provocados o espontáneos, es siempre un compañero inseparable del hombre, un servidor atento, un brote cálido y luminoso de la Naturaleza que crepita en las chimeneas y difunde una onda amorosa, una fuente de luz en las bujías que se llevan consigo para alejar las sombras, para leer en las noches y escribir y acompañarse cuando no hay otro recurso a la mano y la soledad se ha instalado entre nosotros.

Aquello que empezó como un descubrimiento, que se erigió luego como una divinidad y mantuvo su jerarquía, aun cuando fue utilizado ya en diversos menesteres, se extendió por el mundo y allí donde hubo un hombre hubo también el fuego.

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